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Pequeños jardines
son mi descanso
en la ciudad.
Las guías de viaje
no hablan de ellos.
Olvidados, perfectos, secretos

Hace no mucho tiempo,
entre tigres y otras
fieras salvajes,
acompañado por el frío,
la vejez y la muerte,
vivió Han Shan,
de penetrante mirada,
a unos centímetros
por encima del suelo,
en la Montaña Fría.

Me despierto de la siesta.
Es primavera, hay sol,
pálidos cielos azules,
grandes, blancas nubes,
voy andando despacio,
soy una nube,
cojo el autobús.

Blanca en los bosques, luminosa.
No una cierva, sino una mujer.
Sentada entre las rocas.
Respirando el aire en los bosques,
una canción poco apreciada.
Cerca del cielo azul,
junto al roble sin hojas.

Volviendo a casa,
solo en la noche,
todo en silencio,
un rumor de viento
en los árboles,
la luna brilla sin fin.

Me miro al espejo,
he envejecido.
¿Para qué habría de querer
que los demás me reconozcan?
Ya no soy el niño
que una vez fui
pero habré de envejecer
aún más, hasta ser
enteramente nuevo.

Una mujer en el Tíbet
reclamó libertad
para su pacífico modo de vida.
Fue encarcelada y ya no
se supo de ella.
A menudo, si alguien disiente,
es encerrado en una jaula.
Nueve meses, un año.
Algunos enloquecen,
algunos mueren de frío.
El envilecido gobierno de China
tiene miedo de los hombres.
¿Qué hacer sino buscar
consuelo en el rostro
del cielo, buscar en nosotros
el rostro de Cristo o de Buda?

Una mujer en el Tíbet
reclamó libertad
para su pacífico modo de vida.
Fue encarcelada y ya no
se supo de ella.
A menudo, si alguien disiente,
es encerrado en una jaula.
Nueve meses, un año.
Algunos enloquecen,
algunos mueren de frío.
El envilecido gobierno de China
tiene miedo de los hombres.
¿Qué hacer sino buscar
consuelo en el rostro
del cielo, buscar en nosotros
el rostro de Cristo o de Buda?

Este campo de estrellas
se extiende en la mente,
silencioso, tranquilo.
Con piedad nos acompaña
siempre.
Antes y después de la muerte
y de todos los cambios,
victorioso mar infinito.
Sobre él se mece el gorrrión,
el hombre vive.

A la última partícula
del universo, a la mirada
más cercana, Siddharta cantó
una suave canción silenciosa,
la canción de no aferrarse.

Océanos de estrellas.
A un rayo de luz,
con velocidad vertiginosa,
le lleva un millón de años
atravesar una galaxia.
La quietud de Buda es soberana.

Hay un pozo,
dos árboles muy antiguos,
un viejecito
sentado a la sombra.

Hubo una boda,
fue muy humilde,
no hubo invitados,
no hubo campanas
pero yo las oí,
no te separaste de nadie,
te acercaste a todos,
tú y el infinito,
viaje de novios
sin fin.

Una oscuridad tranquila
recibe a la vela
que se apaga.
Una luz tranquila
acoge
al hombre que se va.



a Secundiano García Revenga

Como no tengo dientes,
como despacito.
Como no tengo manos,
escribo despacito.
Como no tengo ojos,
miro despacito.
Como no tengo alas,
vuelo despacito
y no dejo de volar.

Qué penilla da todo,
los fuertes y los débiles,
los pájaros, los niños.

Miro tus ojos y me asomo
a un lago sereno con estrellas.
Contemplo tu cara, me asomo
a una mañana límpida.
Veo tu alma, me asomo
al cielo.
Tu mano en mi mano
forman un río hacia el mar.

Ángeles duerme.
Cae la lluvia.
Veo los pinos
y los castaños en flor
a través de la ventana.
Algún pájaro en el cielo,
la tarde en silencio,
la luz de Buda.