Vivir

Cuando esta mañana me levanté
Dios ya se había levantado
y le vi. Le vi vivir.
Era la maravilla de los árboles invernales
y el cielo cubierto,
las luces de las calles
y el aire de la habitación y yo
y era, éramos, feliz
y era mi madre y Ángeles
y el padre Bernardo y Anna Maria Cànopi
y Juan Díaz y no tiene fin


El azul de Dios

Este es el azul de Dios
que entra en todas las casas
en todos los cajones
en todas las bocas


Amanecer

El sol que no se pone
también brilla en la noche

La oscuridad es luz
la luz nos ama
la oscuridad nos ama

Podemos ver esta oscuridad fértil
todas las noches, todos los días
y también, entre otros,
en estos cuadros del museo del Prado,
La Sagrada Familia de Bernardino Luini,
Adán y Eva de Durero,
La Virgen de la leche de Bernard Van Orley


Elisenda de Moncada

Un dibujo, una aguada
de esta mujer
realizado por Valentín Carderera
la muestra yaciendo sobre su tumba.
Sus ojos entreabiertos
contemplan el cielo y las estrellas,
el sol que no se pone.
Nada la turba,
su paz es tan natural,
tan inherente a ella;
ha visto dolor y desgracias,
el horror y la maldad,
pero no la han roto.
Todo lo ve desde esa paz,
inefable, tan inevitable,
tan intrínseca a su entraña,
todos los tiempos, todos
los lugares, caben en ella;
esa paz antes del tiempo
y antes de todos los lugares,
su paz es la de todos,
su paz debería ser la de todos

qué amorosa,
parece una Madonna
mirando al Niño Jesús
y está mirando todo el universo.
Todo ante ella es santo,
no hace distinciones,
todo es igual de santo



En el silencio cabe el infinito,
eres el silencio,
en ti cabe el infinito


El corazón del invierno, lo oigo,
es blanco y está a la escucha
del nuestro, esperándonos,
parece esperar una respuesta
alta, digna, como la suya,
invencible por su humildad,
hermosa, bella


El Cristo de Andrei Rublev

Al ver este rostro
siento que todos los terremotos,
todas las desgracias y desastres,
todas las guerras y violencia,
los conflictos y sufrimientos,
las muertes y las crucifixiones,
se quedan sin voz
y son transfigurados

Al ver este rostro
siento que hay algo infinitamente
superior a nuestros intereses
y recuerdo las palabras de Spinoza
que nos anima a vivir
"sub specie aeternitatis",
"bajo la esencia, bajo el amparo,
de la eternidad"

Podemos entonces dejar atrás
todos nuestros miedos
y vivir siendo partícipes de lo eterno,
de esta belleza

Siento algo ilimitado en mí,
una aceptación sin límites,
una entrega sin límites a este espíritu
y sé que mi verdadera patria
no es la tierra
sino la eternidad

"Buscad mi rostro",
leo en los salmos
y oigo en esta pintura.
La esencia de este rostro
siento viviendo en mí
y en todos los demás.
Podemos encontrar esta esencia,
la misma esencia,
latiendo incontenible en todo,
en todos nosotros,
en todos los demás


"La visitación", de Rafael y taller.
La vida no es un supermercado

Vamos a ver un cuadro de Rafael, un cuadro
fundamental en estos tiempos que nos toca
vivir, o en cualquier otro tiempo.
Es de Rafael y su taller. Está en el Prado
y es el encuentro de Santa Isabel y María.
Lo asombroso de esta pintura es la humildad
de María.
Es humilde y serlo es lo único
que le permite conocer la realidad.
Está a la escucha, en silencio, escuchando
todo lo que la rodea, lo ilimitado de la vida
y lo que la va a tocar vivir.
Creo que hay una tendencia ahora muy
extendida de creer que la vida es un super-
mercado donde nos ofrecen infinitud de
productos y nosotros elegimos el que más
nos gusta y entonces nos hacemos acérrimos
defensores de lo que hemos comprado y
nos convertimos en independentistas ultra-
montanos, nacionalistas salvajes, seguidores
salvajes del Atleti o del Madrid, del vegeta-
rianismo, de ser una idea de mujer o de hombre
a toda costa, y así hasta el infinito.
Pero la vida, la realidad, no es un supermercado.
La vida es ilimitada, pero en el supermercado
en que la hemos convertido hay también otras
personas comprando cosas diferentes a las
nuestras. Y no nos damos cuenta de que esas
personas existen. El juguete que hemos adqui-
rido no podemos aspirar a imponérselo a los
demás . Y personalmente, pienso que hay
juguetes que  dicen muy poco o nada
sobre lo que somos y sólo sirven para
equivocarnos.
Carme Forcadell, una de las personas presas
por el procés, ha dicho algo esperanzador
estos días: "Hace dos años con el referendum
ilegal, no tuvimos empatía con la gente
que no es independentista". Parece que se ha
dado cuenta por fin de que existen los demás.
Y este darse cuenta no tiene que ver necesa-
riamente con el diálogo, sino con la escucha,
con el silencio, con la conciencia.
Escuchar, la conciencia, nos hace darnos cuenta,
esto es lo esencial, darnos cuenta de que existen
los demás.
Y finalmente algo fundamental sobre este cuadro.
La vida no es un supermercado. La vida, la rea-
lidad, es ilimitada, infinita, pero esta infinitud
nos está diciendo, nos está susurrando con un
silencio atronador que no podemos reducirla
a un supermercado, a un juguete que satisfaga
nuestro capricho y nuestro gusto.
La vida es mucho más, es siempre más de lo
que pensamos sobre ella y de lo que queremos
hacer con ella. La vida es ilimitada y quiere
que seamos ilimitados también, nos da
una oportunidad de ser verdaderamente nobles
y no miserables y mezquinos egoístas.
La escucha de María, su humildad,
hacen que esté abierta a esta infinitud de la vida,
hacen que esté abierta a esta maravilla inconmen-
surable que reduce a polvo todos nuestros super-
mercados.
Los maravillosos pintores que pintaron los
maravillosos cuadros que ahora vamos a ver
también supieron ser humildes, también supieron
escuchar.


Los olivos que pintó Van Gogh
lloraban extendiendo sus ramas
extendiendo sus ramas
para traer el Cielo a la tierra

Si la gente supiera
quiénes son verdaderamente,
si supieran que la luz y lo ilimitado
está dentro de ellos,
no crearían identidades falsas,
y toda la violencia,
como la del retrógrado independentismo
fascista de Cataluña,
todo este fuego no purificador,
sino destructor, todo este fuego
no incendiaría sus vidas,
no arruinaría sus vidas


Entrega sin límites

Terremotos, erupciones volcánicas,
los grandes movimientos del mar,
lo que llamamos desgracias,
las naturales, que aun intentando remediar
y a menos que pongamos a la humanidad
como centro del universo
no podemos calificar totalmente como desgracias,
y las causadas por el hombre,
que es lógico intentar subsanar.
Nos sentimos amenazados y sufrimos.
Pero si sabemos que somos algo más,
si sabemos que somos parte de lo eterno,
del espíritu, esta belleza,
si vivimos como decía Spinoza
"sub specie aeternitatis",
"bajo la esencia, el amparo, de la eternidad",
sentimos una aceptación sin límites,
una entrega sin límites.
Mi verdadera patria no es la tierra
sino la eternidad.
Por encima de nuestros planes hay Algo más.
Vemos entonces la belleza del universo,
de las obras del Espíritu,
y recordamos entonces
esas palabras de Marcel Proust
que están por encima de cualquier miedo:
"La materia existe
porque es una expresión del espíritu".
Esta visión, esta comprensión,
nos trae la paz


En esta crucifixión de Picasso
el personaje más humano
es Dios


Esta mujer que mira
a Jesús resucitar a Lázaro,
no hace falta que veamos su rostro,
lo que tenemos que ver
es que ella ve, ella ve

            La Resurrección de Lázaro,
            de José de Ribera


Nubes

Para que nos expandamos,
para elevarnos por encima de tantos límites,
nos perdemos con ellas, nos deshacemos
con ellas en el infinito,
nos recuerdan nuestro destino:
ser infinitos y felices como ellas

Mucho tiempo mirándolas
en esta mañana de nubes y el sol
resplandeciendo en ellas.
De las personas en las que me he fijado
pasando a mi lado
entre tantos rostros tan ocupados,
tan preocupados,
sólo una,
una monja quizá católica,
me ha parecido en armonía con las nubes.
En la calle de Alcalá, en medio del cielo,
su sonrisa maravillosa, la alegría de sus ojos,
su paso ligero, su vuelo,
una mujer celestial, una nube


La mirada luminosa y radiante de Picasso,
llena de vida,
disfrutando de las mujeres
pasando ante él,
sentado en alguna terraza
frente al mar,
en las tardes interminables de verano,
a orillas del Mediterráneo.
La belleza de las mujeres,
su gracia, su divinidad,
en estas tardes de gloria en Madrid,
en la Castellana, a orillas del Mediterráneo