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Venimos a los bosques. Nuestra historia viene
con nosotros. La tristeza, las preocupaciones,
nuestra satisfacción entra en esta luz, estos
árboles y estos caminos.
Y siento que hemos venido para despojarnos del
espíritu de la pesadez. Sé que vengo para
investirme del espíritu ligero.
Para que los bosques impriman en mí su luz y
secreto, la calma de su silencio. Encuentro la
piedad en mí mirando su cielo misterioso.
Los bosques escriben en algún hombre, alguna
mujer, que recorren su atardecer. Somos nosotros
los poemas de los bosques.

Ten valor y sé tú, esa desnudez.

Una acuarela de Turner. Sobre la ciudad de
Lausana. Una puesta de sol. El sol bañando
en su luz a los ciudadanos.
Antes de entregarse a la noche, portadora
de paz, los hombres y mujeres se bañan en
esta paz del crepúsculo como verdaderos
bienaventurados.
Parecen ciudadanos de la paz, esa hermosa
patria. Entregados a esa tarea fértil de
vivir y recorrer las paces sucesivas. La paz
de la mañana, de la tarde, del crepúsculo y
la noche. Y Turner nos lo recuerda.

Turner dibujó este paisaje muchas veces.
Muchas veces lo he disfrutado. La primera,
hace ya muchos años, en la galería Tate en
Londres, cuando yo era joven. Es el parque
Petworth. Lo recorremos de nuevo.
Esta hermandad de la luz y los hombres, el
hombre y los animales, la habitación humana
y el campo. De nuevo amamos este sol de la
tarde, portador de dicha. De nuevo entramos
en esta sinfonía de silencio.
Una vez más, tan lejos ya de la primera,
Turner nos sigue recordando nuestra antigua
alianza con los hombres, nuestra antigua
alianza con la tierra.

La mañana nos dio su música sin necesidad de
que tocásemos ningún instrumento. Un poco de
silencio, un poco de atención, bastó para oír
desplegarse la melodía.
Algunas de sus notas fueron el polvillo que
salió al tocar la calefacción, la luz en el
punto dorado de la pluma, un dibujo donde
Pablo de Tebas, que acaba de morir, y Antonio
del desierto, reposan el uno en el otro...

Caminando por la carretera. Las moras de los
árboles han caído sobre ella y hojas también.
Se van deshaciendo, luego son como un sello
sobre la carretera y finalmente desaparecen
en ella.
La carretera es como un terso lago que acepta.
Así vi también impreso en su asfalto el ala
de un pájaro. La carretera es como un lagar de
las cuatro estaciones del año. Un vino suave
sin esfuerzo elabora, como el aire que respi-
ramos.
Me recuerda de nuevo a un lago que acepta y
también a la mente de un hombre tranquilo.

El Cristo de Andrei Rublev. Las palabras no son
capaces de describirle.
Pero él da aliento a nuestras palabras y a nuestro
silencio, a cuando sonreímos y cuando no.
Con él sabemos y no hemos hablado.
Con él sonreímos y no nos hace falta sonreír.
Con él somos flexibles como un junco y no nos
hemos movido.
Con él respiramos.
Un día, con él, dejaremos de respirar.

Manuel me enseña las dos pequeñas campanas
verde oscuro que compró en el templo budista de
Nara.
Suenan. Transparentes. Refrescantes.
Manuel dice que el sonido puede ser el sonido de
ki, esa palabra que describe la respiración, que en
latín se dice spiritus.
La respiración, esa cosa antigua de la tierra.

El mundo no tiene fin acaso. El mundo no
termina en el amor. No termina en el dolor,
ni siquiera en la muerte. Todo término te lleva
hacia adelante. Esta orilla no termina aquí, sino
que mudándote en un puñado de tierra y una
hebra de aire te dará y serás alimento de lo
nuevo.
No te angusties en la llama, nació para respirar,
para extinguirte y renovarte. No acaba en ti
lo que tú eres.

Ten valor y sé tú, esa desnudez.

La obediencia del tronco, ardiendo en silencio.